Aquí me voy por las ramas
Decía, al darles la bienvenida a esta página, que desde que
tengo memoria me gustaron las casas del árbol. Desde las más famosas, como las
de Tarzán y Jane, las tecnológicas como la de los Robinsones Suizos o las
glamorosas y televisivas como las de “Mi pobre angelito”, Burt Simpson o la
parejita de “La laguna azul”, a las más anónimas, esas de los libros para niños
comunes y corrientes en los que ningún mayor se digna meter la nariz, y más aún
las de verdad, de madera vieja y enclenque, cuerdas, trapos y demás, me
despertaron siempre una cálida y sanísima envidia.
La “envidia sana”, como es sabido –y si
no pregúntenle a cualquier abuela que se precie-, es aquella que no desea que
al dueño/a se le venga abajo la casa del árbol, ni que se la incendie un rayo,
ni que se la vuele un ciclón por el solo hecho de ser de él/ella y no de una/o,
sino que pone en marcha la loable decisión de activar la creatividad, movilizar
la modorra, potenciar la energía y construirse una/o misma/o la propia.
Pero hete aquí que esos maravillosos
refugios rodeados de hojas con los que solo podían compararse –y con desventaja-
algunos famosos clubes y escondites instalados en viejos cobertizos, casas
abandonadas, depósitos de chatarra, troncos huecos, cuevas de osos y otros
sitios igualmente inaccesibles para cualquier niña no literaria, requerían,
para su construcción, en primer lugar disponer de un árbol adecuado –que nunca
tuve, porque lo que se daba mejor en mi barrio de verano era el pino marítimo,
especie que, como es sabido, suele constar de un tronco largo y casi liso con
las ramas a diez o quince metros del suelo-, en segundo lugar ciertos
materiales y herramientas que no cualquier niño tiene a disposición
(especialmente si el “niño” es una niña), y en tercer lugar otro elemento,
fundamental tanto para su construcción como para su aprovechamiento, del que
siempre carecí en forma absoluta y total: agilidad para subir a los árboles,
trepar escalas de cuerda, colgarse de las ramas o saltar de ellas al suelo sin
hacerse puré.
En conclusión, durante mis primeras
tres décadas de vida –año más, año menos- fui compensando la falta de casa del
árbol con algunos sustitutos. Entre los primeros, recuerdo especialmente una
casa en un árbol –una acacia, para ser más precisos- que no estaba construida
arriba, sino al pie de ella, debajo de sus ramas y hojas, que hicimos una vez con
mi hermana María Marta y un par de amigas en El Pinar. Entre los últimos –y más
contundentes- está la casa en la que vivimos, que nos la hicimos a pulmón con
Santiago cuando decidimos que queríamos seguir yendo juntos por la vida, en lo
posible para siempre (y ya llevamos 22 años de casados, lo cual yo creo que
casi casi se podría ir llamando “siempre”), que tampoco está arriba de un árbol
pero tiene varios alrededor. Después de
eso, con él, con Cecilia y con Lucía hemos construido también casitas para muñecas,
para perros varios y hasta para un par de pollos que tuvimos una vez, lo cual
no es lo mismo pero siempre es algo. Y hace poco, para terminar, en el fondo de
casa colgamos una hamaca paraguaya entre dos árboles. Cuando una se desparrama
en ella a leer o a mirar las ramas de eucalipto, el cielo y sus nubes, los
horneros y sus vuelos, puede sentir que está allá arriba, a dos o tres metros
del suelo como el Barón Rampante de Ítalo Calvino.
Si a esto se agrega la casa del árbol
que ya he mencionado a la entrada de esta casa-página, esa que me di el gusto
de construir con Gabi, Julieta, Gonzalo, Florencia y Alberto en la novela Hoy llegan los
primos (relato que usted puede leer aquí), la “cueva” aérea del hermano
de Camilo en Planeta
Monstruo y la escritura de todos los demás libros que son, en
sí, cada uno una construcción única e irrepetible; si le sumo todo lo que hemos
hecho con mis alumnos que para qué voy a
contarles (imagínense todo lo que se puede construir en veintitrés años,
con un promedio de treinta alumnos por
año), puede decirse que, en realidad, si me quejo es de llena, como también
podría afirmar cualquier abuela que se precie. La abuela en cuestión quizá
agregaría también que esto de la casa del árbol virtual es una exageración, un
tirar manteca al techo, una cosa de locos, pero como los gustos hay que
dárselos en vida, aquí estamos. Muchas gracias por acompañarme.
Colección de casas del árbol (Famosas
o no. Se reciben de amigas/os, colegas, parientes y personas generosas en
general; fotografiadas, dibujadas, descritas, narradas, poéticas.)
Biblioteca
(Textos propios
y prestados para leer aquí.)
Escritorio
(Lugar cómodo para estar y para acumular papeles y
cosas muy apreciadas e importantes o que parece que no sirven para nada pero
seguro, seguro, algún día se van a
necesitar.)
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