Una enorme montaña de pasto (Novela para
niños)
Datos y tapa del libro.
Leer dedicatoria y tres capítulos, con ilustración de
Lucía.
Hoy llegan los primos (Novela para niños)
Datos
y tapa del libro.
Leer episodios donde se construye y aprovecha la casa
del árbol.
Con ilustración de Mauricio Marra.
A la conquista
del lejano este (Crónica publicada en Sudestada: Revista de la Ciudad de la Costa, Año 0, Nº 0, diciembre 2002, p.6.) Leer.
Cuentos que piden upa/Oralidad y
escritura – Leer.
Textos tomados
de A salto de sapo:
Narrativa uruguaya para niños y jóvenes
Una enorme montaña de pasto (Novela para niños)
Datos y tapa del
libro.
Dedicatoria:
A Melchor, Gaspar y Baltasar
y a todos los que los ayudan a
existir.
Tres capítulos:
A ÚLTIMO
MOMENTO
(Primer capítulo, p.p. 7-8. Dibujo
de Lucía cuando acababa de cumplir 7 años.)
Era el primer viaje de Chiribín.
No es frecuente que a un camello tan joven se le otorgue tal
honor y responsabilidad. Pero ocurrió que ese año, a último momento, Abusimbel,
el viejo flete de Melchor, había pescado un terrible resfrío. Él hubiera ido a
trabajar de todos modos, pero con cada estornudo se le bamboleaban tanto las
jorobas, que la bolsa de juguetes y los huesos de su jinete corrían peligro de
desarmarse.
Así que lo dejaron en cama, con tres baldes de tecito con
miel para pasar la noche y Chiribín ocupó su lugar.
¡Estaba tan emocionado!
Lo que más emociona a todo camello de Rey Mago es la alegría
de los niños, la importancia de su misión, el suspenso... y el banquete de
pasto que les espera a lo largo de la noche.
Porque los camellitos, allá por el lejano Oriente, crecen
escuchando las maravillosas historias sobre gigantescos montones de pasto
dejados por los niños, que cuentan los tres afortunados héroes al regresar de
su recorrida por el mundo.
Chiribín, al igual que sus amigos, a veces había sospechado
que el tamaño del montón venía un poco exagerado, como en los cuentos de
pescadores en que la mojarrita se transforma en merluza y el pejerrey en
tiburón; pero ahora, en su primer viaje, soñaba con comerse una montaña de
pasto verdaderamente suculenta, más alta que las dunas del desierto, tan grande
que nadie iba a poder creerle cuando lo contara al volver.
UN JUEGO MUY JOROBADO
(Quinto
capítulo, p.p. 23-25)
Otra de las manías de Melchor es la de jugar con los regalos
que tiene que entregar. Al menor descuido de los otros dos reyes, ya está
haciendo rodar un autito por las jorobas de su camello, dándole la mema a una
muñeca o apagando un incendio de mentira con un casco de bombero sobre la
corona. Y claro, más de una vez los regalos terminan algo maltrechos y con aspecto
de usados: alguna pelota embarrada, un tren sin ruedas, un payaso con la cara
despintada...
Al principio los otros dos lo rezongaban. Ellos creían que
los mejores juguetes eran los más flamantes y relucientes, esos que se
mantienen en sus cajas igualitos que en las vidrieras. Pero al poco tiempo
dejaron a Melchor divertirse tranquilo. Se habían dado cuenta de que esos
chiches algo gastados, muchas veces son los más apreciados y queridos. Al fin y
al cabo, no cualquiera tiene un juguete estrenado por un Rey Mago.
Esa noche al viejito le había dado por jugar al Ludo. Con
disimulo, para no hacer rabiar a Gaspar, iba moviendo las fichas: primero las
amarillas, después las rojas, las verdes y las azules. No tenía más remedio que
ganar, ya que jugaba solo.
La partida se iba poniendo emocionante. Melchor llevaba a
Chiribín a paso lento para que no se le desordenara el ficherío, pero lo que no
podía evitar de tanto en tanto, era que el dado rodara por la joroba y fuera a
parar al suelo. Entonces tenía que detener su cabalgadura, bajarse con cuidado,
tantear por el piso hasta encontrar el cubito con lunares, volver a trepar
sobre Chiribín y reanudar la marcha, no sin antes sujetar bien la bolsa de
paquetes. Porque ya una vez se le había venido abajo en un desparramo de piñata
gigante, justo al llegar a una esquina
con farol.
Lo cierto es que con tantas precauciones y escalas, Melchor
y Chiribín no avanzaban lo que se dice muy rápido. Cinco pasos primero, media
cuadra después, sin darse cuenta se fueron quedando atrás, hasta que, después
de comerse una ficha roja con una azul, el viejo Rey descubrió que había
perdido de vista a sus compañeros.
-Mejor nos quedamos acá tranquilos
-dijo acariciando el largo cuello del camellito-. Que nos vengan a buscar ellos
que son más jóvenes y conocen estas ciudades modernas.
Dicho y hecho: se deslizó hasta el suelo, tomó
cuidadosamente el tablero y se instaló cómodamente en el cordón de la vereda.
Le tocaba jugar al amarillo.
Los tres Reyes armaban una carpa de indios, bastante
complicada, en un jardín sembrado de petunias. Mientras tanto, los tres
camellos, ya con la carga bastante aligerada, se habían echado a descansar a la
entrada.
Chiribín, con la barriga llena y el corazón contento, había
olvidado todos sus resentimientos con la señora Ninur, y hasta se encontraba
dispuesto a entrar en confianza con el flete de Gaspar, un camello serio y
ceñudo del que ni siquiera sabía el nombre, porque no había abierto el hocico
en todo el viaje.
-¿Linda noche, no? -preguntó para iniciar la conversación,
echándose de costado.
-Sí, m'hijo -contestó Ninur. El otro ni se inmutó.
-Esto sí que es vida: trabajo divertido, buena comida, un
recreíto... y ya debe faltar poco para encontrar la famosa Montaña de Pasto...
¡Por qué no se callaría la boca! Una terrible carcajada
doble le golpeó la cara como respuesta a sus palabras.
Chiribín miró a sus compañeros. Los dos camellos se ahogaban
de risa.
-¿Qué pasa? ¿Cuál es el chiste? -preguntaba sin entender
nada. Pero nadie le contestaba.
- Mon...ta...ña de pas...to, jua, jua, jua! -se retorcía el
camello de Gaspar, a punto de aplastar los juguetes que aún quedaban en su
bolsa-. ¡Como si hubiera comido poco! ¡Jua, jua, jua!
Ninur, más delicada, tratando de no herir los sentimientos
del camellito, emitía unas carcajadas cortitas escondiendo el hocico entre las
plantas y soltando unos enormes lagrimones por el esfuerzo de sofocar la risa.
-¡Pero nene! -logró finalmente articular la camella-. Yo creí
que a estas horas ya te habrías dado cuenta de que esas son leyendas que se
cuentan a los pequeños. Las comidas de estos viajes son abundantes, es cierto,
pero se cena un poco aquí y otro allá, como ya has hecho tú. La montaña de
pasto que imaginabas está ya dentro de tí.
El insensible camello de Gaspar seguía carcajeándose,
señalando de vez en cuando con la pata al jovencito. Ninur trató de darle un
codazo para que se callara, pero no pudo porque, como es sabido, los camellos
no tienen codos.
Chiribín se sentía engañado, dolorido, aplastado. Se sentía
como si veinte roperos y un sofá se le hubieran caído encima al mismo tiempo.
Lentamente se incorporó y se alejó despacio, olvidando en el
suelo su bolsa de juguetes casi vacía y sin notar que la cara se le iba
empapando con tristes gotas de agua salada.
Caminó sin saber hacia dónde, durante varias horas o tal vez
sólo unos minutos. El tiempo ya no existía para él, ni el suelo que pisaba, ni
la cálida noche de enero que ya iba llegando a su fin.
Hoy llegan los primos (Novela para niños)
Comienzo del capítulo XX donde se inicia la construcción
de la casa del árbol y Capítulo XXII completo, en el cual, después de playa, la
lluvia y algunos sustos, los primos casi la terminan y empiezan a aprovecharla. Ilustración de Mauricio Marra.
Capítulo XX

Al día siguiente, desde muy temprano, los primos comenzaron
a revolver el cobertizo, donde se podían hallar los más curiosos objetos
guardados quién sabe desde cuándo. La abuela dirigía la operación, encantada de
sacarse de encima, con un fin tan útil como divertir a sus nietos, todos esos
cachivaches que ocupan lugar y juntan mugre pero que da pena tirar.
Encontraron, además de la puerta de que hablara Laura, varias tablas
apolilladas, un pizarrón torcido y despintado, un toldo requeteviejo de una
tela muy dura que según la abuela se llamaba hule y un montón de pedazos de
cosas de origen indefinido.
Al poco rato una extraña caravana daba la vuelta a la
esquina y se dirigía al centro de operaciones. Los tres mayores cargaban la
puerta, encima de la cual iba el toldo. Uno llevaba un rollo de alambre colgado
al cuello, otro varias cuerdas enroscadas en los brazos y el tercero una
pantalla de lámpara puesta de sombrero. Detrás iban Gaby y Florencia con el
pizarrón y un montón enredado de cintas de persiana viejas. Las seguían Paula y
Manuel, orgullosísimos, cargando una tabla entre los dos y hasta Diego, de la
mano de Laura, caminaba muy orondo sacudiendo un atado de cables de colores que
chupaba al menor descuido de su mamá.
Esa mañana nadie quería ir a la playa, pero la "tía
Sargento" fue inflexible: tanto Alberto como sus hijos vivían en
apartamentos en el Centro y los tres habían llegado al balneario con un triste
color leche que apenas empezaban a perder; los hijos de Marina, aunque tomaban
aire y sol en el campo, necesitaban absorber yodo del mar, y en cuanto a Gaby y
Julieta, las únicas que podían darse el lujo de perder un día de playa, tenían
que adaptarse al ritmo de vida del resto y se acabó. Así que tuvieron que
suspender su trabajo de hormigas recolectoras, ponerse los trajes de baño y
salir de mala gana hacia la playa, planificando excusas para convencer a los
mayores de volver enseguida.
Pero al llegar a la cumbre de los médanos se les pasó todo
el mal humor y se olvidaron de sus intenciones de regresar pronto. El Río de la
Plata parecía esa mañana todo un océano. El agua casi transparente, de un
ligero color verde como pocas veces se ve en esa zona, se levantaba en olas
altas pero suaves con espuma en la cima, dejando ver grandes cardúmenes de
majugas y ninguna agua viva. Sería, sin duda, uno de los mejores días de playa
de la temporada.
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Capítulo XXII
Como todos los días de lluvia, esa noche hubo apagón y
tuvieron que acostarse temprano. Aunque a los más grandes les dio mucha rabia,
al día siguiente agradecieron al corte de luz porque antes de las ocho ya
estaban todos despiertos y bien descansados.
La mañana se presentaba despejada pero fresca, ideal para
emprender la construcción de la casa del árbol. Cuando se levantó la abuela, a
eso de las nueve, los chicos ya habían comprado el pan y desayunado, estaban
las tazas lavadas y las camas tendidas, de modo que no pudo negarles el permiso
para ir inmediatamente hacia el terreno baldío.
- Hoy no creo que vayamos a la playa –les dijo–, así que
háganse unos refuerzos para dentro de un rato, porque el trabajo les va a dar
hambre y vamos a almorzar tarde. Pueden hacer un pic-nic en la casa del árbol
para inaugurarla y quedarse hasta la una.
Gonzalo se apresuró a hacer lo que la abuela decía. Ese es
el tipo de órdenes que a él le gusta obedecer.
Durante las siguientes dos horas los cinco primos tironearon,
sujetaron, ataron y clavaron sin parar, hasta que su obra estuvo terminada. No
era una casa del árbol tradicional, de esas cuadradas y parejitas que parecen
hechas en una carpintería. Esta era de forma indefinida y en varios niveles,
con sólo tres paredes: una de ramas entrelazadas, otra de tablas y la tercera
de hule, ya que era la continuación del techo. Una vieja colcha a rayas colgaba
de una rama y servía de puerta, y ventanas no hacían falta ya que todas las
paredes estaban llenas de agujeros. La casa era cómoda y original –una casa
ecológica, decía Florencia– con sus ataduras de cuerdas, cables y piolines que
la sujetaban al árbol sin pincharlo y dándole una apariencia de nido muy
especial.
Aunque en los días siguientes pensaban agregarle una campana
y una luz a pilas, estantes, almohadones y varios detalles más, por el momento
era un lugar más que satisfactorio para reunirse a comer la suculenta merienda
preparada por Gonzalo.
Los refuerzos se acabaron enseguida, pero no así la
conversación, los chistes y los juegos. Ya eran más de las doce cuando Alberto
recordó su propósito de observar la cabaña para tratar de descubrir su
misterio. Rápidamente treparon todos al "tercer piso" de la casa, que
era una rama alta y fuerte a la que habían atado otras ramas con hojas, que a
la vez servían de baranda y los ocultaban de miradas indiscretas. Einstein
había llevado sus binoculares y enseguida los enfocó hacia la enigmática puerta
trasera.
- ¿Qué creen ustedes que debería haber allí dentro? –preguntó
mientras miraba.
- Y... ladrillos –dijo Julieta.
- Herramientas –agregó Gonzalo.
- Baldosas.
- Maderas.
- ¡Piedras!
- ¡Cucarachas!
- ¡Una escoba vieja!
- ¡Un perro salvaje!
- ¡Un dinosaurio!
La adivinanza se había transformado en juego. Por turno,
cada uno decía algo y le golpeaba la rodilla al de al lado, al que entonces le
tocaba nombrar otra cosa. Todos se reían y festejaban las ocurrencias cada vez
más disparatadas, hasta que alguien golpeó por error la rodilla de Alberto,
quien no participaba en el juego.
- Un montón de telas de todos colores –dijo él, y los demás
se rieron como locos ante tal disparate.
Pero Einstein seguía muy serio.
- ¿No deberían estar allí, verdad? Pues
ahí están, tiradas en el suelo. El otro día me pareció que era eso, pero ahora
las veo perfectamente. Si no me creen, miren. –Y cuando hizo ademán de ofrecer
a alguien los binoculares, los demás dejaron de reírse para tironeárselos y
poder mirar primero.
Alberto resolvió empezar por la más chica, por lo que le
tocó primero a Florencia, quien recién al mes siguiente cumpliría nueve años.
- ¡Hay unas telas que parecen las sábanas nuevas de mi
madre! –se espantó la niña. –¿Quién será tan cochino como para dejarlas ahí,
todas revolcadas en ese chiquero?
- Y hay otra que es a cuadros rojos y blancos, igual que los
manteles del comedor de mi escuela –agregó Gaby cuando le tocó el turno.
- Tenemos que ir ahora mismo a investigar –dijeron Gonzalo y
Julieta al mismo tiempo, sin molestarse en buscar más estampados conocidos.
- ¿Y el perro? –preguntó Florencia, quien a pesar de haber
crecido entre animales les tenía terror a los perros extraños.
- Para mí que ya se
fue. ¿Alguien lo escuchó ladrar hoy? –dijo Gonzalo, decidido a meterse en la
casa, aunque no le hacía ninguna gracia arriesgarse solo.
- No, pero puede estar durmiendo –insistió su hermana.
- No hace falta que vayamos todos –resolvió Alberto
defendiendo una vez más a su prima menor–. Alguien tiene que quedarse cuidando
la retaguardia, Flo, pero es mejor que esperes abajo por si hay que tocar a
retirada con urgencia.
Así que Florencia, más tranquila por no tener que
enfrentarse a la fiera y convencida por Alberto de la importancia de su misión,
se quedó muy satisfecha vigilando al pie del árbol.
© 2001 Magdalena Helguera
© 2001 Ediciones Santillana S.A. Constitución 1889, 11800
Montevideo, Tel. 4027342, www.santillana.com.uy
Textos tomados
de A salto de sapo: Narrativa uruguaya para niños y jóvenes: Configuración
y vigencia del primer canon (1918-1989), Montevideo, Trilce, 2004 (P.p.
77-78)
Datos y tapa del
libro.
Al
decir que a estos cuentos “les falta literatura” no estoy diciendo que sean
malos cuentos, de ninguna manera. Por el contrario, es muy probable que
resulten muy buenos cuentos cuando son compartidos, en afectuoso y vital
encuentro, entre esos autores adultos y esos niños para los que han sido
creados; lo que ocurre, empero, es que no están aptos para defenderse solitos
desde las páginas impresas de un libro. Sucede que los libros no tienen las
rodillas de papá ni la mecedora de la abuela, las manos de mamá que acomodan
las mantas, ni la risa, los gestos, o los expresivos ademanes de una maestra
cuentacuentos. Como los libros no tienen todo esto, necesitan apoyarse en otra
cosa para que el cuento funcione, y esa otra cosa es, ni más ni menos, la
literatura. Una elección acertada de palabras, giros y expresiones, un uso
adecuado de la puntuación, un punto de vista original, un desenlace
sorprendente... algo que lo haga, en definitiva, diferente de cualquier otro
cuento. Los libros no siempre disponen de esa cálida voz humana que compensa
muchas debilidades técnicas, por lo cual, además de contar, tienen que crear la
ficción de esa voz, hacerla emerger de las silenciosas páginas llenas de
letras. Para esto, existe un lenguaje escrito, que no es exactamente igual al lenguaje
oral, aunque muchas veces recurra al artificio de parecérsele. Si mandamos al
mundo nuestro cuento en un soporte escrito pero con lenguaje de oralidad, el
cuento va a quedar desvalido en el mundo del libro, nunca va a llegar a
independizarse, a comunicarse directamente con el lector –de ojo a cerebro– o a través de un mediador adulto poco expresivo o
muy adicto a la textualidad de lo escrito, de esos que no pueden leer ni más ni
menos de lo que dice el papel. Y así el cuento, o los cuentos, estarán para
siempre condenados a ser de esos libros que van por la vida pidiendo upa.
¿Quiero
decir con esto que me opongo a la narración oral, a la lectura en voz alta de
libros de cuentos, a la adaptación de la voz para los distintos personajes, o a
sentarse en las rodillas a un nene o nena con un libro a cuatro manos? De
ninguna manera. Lo que ocurre, simplemente, es que mientras un texto escrito
puede transcribirse con bastante fidelidad a través de una lectura en voz alta
–que se reconoce fácilmente como tal; todos sabemos que no es lo mismo escuchar
hablar que escuchar leer–, un texto oral, transcripto tal cual –o casi– a la
escritura, se hace totalmente ilegible a posteriori. Dicho de otro modo, no se
da en esto la famosa propiedad conmutativa. Y entonces, si un buen cuento bien
escrito sirve tanto para ser leído en silencio o en voz alta, tanto en forma
sobria o con el agregado de toda clase de creativos gestos, sonidos y otras
efusiones, un buen cuento oral solo puede ser vertido oralmente. Si no, no se
entiende, no llega, aburre.
La oralidad y la escritura, aunque parientes, son formas
expresivas diferentes como lo son la danza y el teatro, la pintura y la
escultura, cantar y tocar el piano. Las dos utilizan como herramienta el lenguaje,
es cierto, pero saber contar oralmente es una cosa, y saber escribir es otra
muy distinta. Como nadar y andar en bicicleta, aunque para las dos cosas se
usen las piernas.
© 2004 Magdalena Helguera
© 2004 Editorial Trilce, Durazno 1888, 11200 Montevideo, Uruguay, Tel. y
fax (5982) 412 7722 y 412 7662
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(Sudestada: Revista de la Ciudad de la Costa, Año 0, Nº 0, diciembre 2002, p.6.)
Tal
vez si no hubiera sido por la claustrofobia hoy no estaría aquí sino en la cima
de alguna torre capitalina, montevideana yo también hasta el tuétano, rabiando
por los aburridos gastos comunes a falta de exitantes cráteres callejeros. Y
quién sabe si escribiendo, o haciendo qué.
Quizá
yo hubiera podido sufrir el encierro. (El sacrificio en pos de una causa era
todavía por entonces algo bastante apreciado, aunque fuera una causa tan
prosaica como quererse casar.) Pero él, decididamente, no podía: cuando por
algún motivo muy justificado –cumpleaños o reunión de amigos, quizá- condescendía
a ascender algunos pisos de escaleras -¡ascensores, jamás!- hasta algún
apartamento seguramente más grande que el que nuestras magras finanzas docentes
hubieran podido encarar, antes de media hora ya lo teníamos caminando de pared
a pared como león enjaulado, moviendo los brazos, topando los muebles y
abriendo balcones en los julios más inclementes para asomar medio cuerpo a
riesgo de terminar incrustado en la lejana vereda.
Así
fue, por su imperiosa necesidad de aire y espacio unida a nuestro igualmente imperioso
amor de pan y cebolla que nos lanzamos a la conquista del Lejano Este, ese
lugar mítico donde se podía comprar un terreno barato y que, según ciertos
visionarios, en diez años, nomás, “sería como Carrasco”. Yo no creía mucho en tales augurios pero me
gustó la idea, no solo porque no tenía otra, sino por lo de los árboles, el
aire, el sol, el jardín para los futuros nenes y eso de construirnos el nidito
juntos, cual tiernos plumíferos, con nuestras propias manos a falta de picos.
¿Que había que pedalearse todos los tórridos domingos de enero a través de los
balnearios en busca de la ganga inmobiliaria? Pues se pedaleaba. ¿Que había que
juntar moneda sobre moneda, sin gastar en cine, ropa u otras frivolidades? Pues
se juntaba. ¿Que había que irse tres años de prestado a la veraniega casa
paterna, desde donde llegar a la escuela sería una hazaña digna de un monolito
en la plaza? Pues se iba, ¡faltaba más! No íbamos a ser ni los primeros ni los
únicos.
La
heroica experiencia a la que nos lanzábamos hace veinte años iba a resultar,
eso sí, sumamente literaria. (Por suerte no al estilo Werther o Romeo y
Julieta.) Las soledades iniciales –sin teléfono, sin médico, sin librería- en
las que una se sentía Mamá Ingalls en
la pradera; la kafkiana espera de aquel ómnibus que cual nave de Ulises habría
de llegar algún día; los ululantes temporales con apagón y río en la calle a
los que solo falta el mayordomo asesino; la casa que crece y envejece al ritmo
de la vida peleándole su espacio a la arena y las hormigas, y la Ciudad de la
Costa, toda ella –horneros y bicicletas, puestas de sol y árboles con hamacas-,
que un buen día surgiría a nuestro alrededor cual invención de Morel, pero para
quedarse. Y que no se parece a Carrasco, sino que se parece cada vez más a sí
misma.
© 2002,
Magdalena Helguera
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